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La desgarradora historia del apio indultado

In mayra azanza,Uncategorized on abril 21, 2010 por mayrazanza Etiquetado: , , , , , ,

Mayra Azanza

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En los últimos años, empresas como Wal Mart, Albertsons, Pavilions y demás cadenas de supermercados han logrado reducir su porcentaje de desperdicio, una de sus estrategias es vender paquetes más grandes. La idea es muy simple: “de que se eche a perder en mis refrigeradores, a que se pudra en el de los clientes, ¡mejor que se pudra en el de los clientes!”.

La historia comienza hace algunos meses, cuando compré un paquete de apio en con la intención de prepararme una deliciosa sopa de verduras con ese ingrediente fundamental.

Ajena como estaba en aquel momento acerca del crecimiento desmedido que han experimentado las porciones en las últimas generaciones, con la agravante de que mi familia está compuesta por tan solo dos individuos y una niña de dos años que no come otra cosa que cereal con leche, recorría los pasillos del súper mientras saboreaba mi apio: lo imaginaba en sopa, en ensalada, con atún, aderezado con mayonesa…

Ya en casa, comencé la elaboración de la sopa de verduras, para la cual usé una cuarta parte de un ramo y guardé el paquete con el apio restante en la parte baja del refrigerador. En la semana preparé algunos otros platillos que consumieron solamente el ramo que ya había usado.

Ahora sólo restaba esperar el día en que el otro ramo de apio comenzara a oler a difunto, para darle la despedida en el bote de basura y no romper la tradición de desperdicio: de acuerdo con un estudio del Proyecto de Basura de la Universidad de Arizona (UA), en Estados Unidos cada familia tira a la basura 1.3 libras de comida diariamente, o sea, 474.5 libras al año. Pero esa cifra no habla de cualquier comida, es comida que nunca se tocó, recipientes que jamás se abrieron y se quedaron en refrigeradores y alacenas intactos hasta su caducidad.

Alimentos que nunca se consumieron son depositados en los basureros.

Esa noche serví la sopa de verduras con apio para cenar, en porción grande. Porque las porciones que en su momento fueron normales, nos hacen sentir “limitados” al comer, y a nadie nos gusta que nos limiten bajo nuestro propio techo.

Pero esta no es regla privativa del hogar, los restaurantes se empeñan en satisfacer a sus clientes (y en deshacerse del engorro de tener que almacenar mucho alimento) y ofrecen cada vez porciones más “generosas”.

Así, no solamente disminuyen su índice de desperdicio, sino incrementan su ingreso anual de ventas.

El reporte de la investigación de basura de la UA en Tucson, indica que 40 a 50% de los alimentos cosechados nunca llegan a ser consumidos.

La cultura de consumo evoluciona a pasos agigantados hacia una “cultura de desperdicio”, es común observar gente en centros comerciales con porciones exageradas de comida, cuyos sobrantes terminan principalmente en botes de basura rebozantes de viandas a medio comer porque es más sencillo tirar el alimento que guardarlo.

Para los restaurantes y cadenas comerciales de alimentos, es mucho más conveniente vender porciones cada vez mayores a menor precio, que almacenar el alimento. Finalmente, todo se traduce en ventas. Es una relación… ¿ganar-ganar?.

De no tener ese fin, se reflejan en una obesidad cada vez menos controlable que cada año refleja más y mayores problemas sociales y económicos.

Pero volvamos al apio. Aquel ramo extra que me vi obligada a comprar me fué olvidado por un par de semanas, al cabo de las cuales lo recordé y me pareció extraño que no oliera a podrido. Finalmente yo no tengo un refrigerador potente como los de la industria de las manzanas… quienes por cierto, pierden cerca del 12 por ciento de su cosecha en el traslado hacia los supermercados.

Timothy Jones, es un antropólogo del Buró de Investigación aplicada de la UA, y es el cerebro detrás del Proyecto de Basura. Cuenta con 10 años de experiencia en la medición del desperdicio de comida en los Estados Unidos, y afirma: “El comportamiento de los cultores de frutas y verduras, es el de los apostadores”.

Según Jones, éstos prefieren vender en grandes cadenas si creen que eso se reflejará en entradas grandes de dinero. Una mala apuesta por lo general significa que la cosecha entera se pudrirá en los campos sin remedio.

El antropólogo estima que una familia promedio de cuatro miembros tira a la basura el 14% de sus compras de alimento. A nivel nacional, el desperdicio asciende a $43 millardos, lo cual se traduce en un serio problema económico.

Dos semanas pasaron hasta que volví a acordarme del apio, ahora sí era demasiado extraño que no oliera a finado, luego de estar tres semanas en mi refrigerador. Entonces me abalancé a la caja de las verduras y lo saqué… lo que descubrí me dejó muda.

Vi que el pequeño apio habia desarrollado raíces, tenía nuevas hojitas y luchaba por su vida en ese inhóspito ambiente… ¡me partió el corazón!.

¡Se necesitaría ser un criminal para servirse una ensalada de alguien que lucha con tanta vehemencia por su vida! ¿Cómo hacer una sopa con el esfuerzo de un ser ejemplar?! ¡¿Con qué dignidad le pones mayonesa y le encajas el diente a alguien que te demuestra que la vida vale la pena?!.

Tomé eso como una verdadera metáfora. Saqué al pequeño apio de la bolsa de plástico en la que vivía y lo coloqué en un frasco lleno de agua fresca que puse en la mesita de sala.

Cuando llegó mi esposo de trabajar, y nos sentamos a cenar, éste se percató del intenso olor a apio, a lo cual comenté: “es que… es que… el apio… ¡ESTÁ VIVO!”.

Un silencio sepulcral acompañó la ceja derecha de mi amado esposo levantada con desconcierto. No sabía de qué apio hablaba, le señalé el humilde frasco en la mesita de sala y le platiqué la historia del rescate del apio.

No pudo ahogar la risa, y al momento en que surgía en él el instinto granjero que siempre ha tenido, me preguntó con un brillo en sus ojos: “Y cuando esté más grande, ¿te lo vas a comer?”. “¡Por supuesto que no!” -respondí escandalizada –“se ha ganado el indulto”. Mi esposo continuó riéndose de mí toda la noche.

Con el paso del tiempo, mi apio y yo desarrollamos un nexo muy peculiar, cada semana le cambié el agua, y cuando tuvo raíces suficientes, le compré una maceta y tierra con nutrientes y lo planté.

Ese pequeño vegetal me representa una reflexión viva de que no todo lo que no se come, es desperdicio; que el desperdicio de alimentos es una realidad tangible y alarmante en este país, que no siempre es voluntad de los consumidores. Y de que en algún momento de nuestras vidas nos encontraremos en las circunstancias de mi pequeño apio, y nos tocará demostrar que vale la pena luchar por estar vivos, no obstante las adversidades.

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Apuntes de prensa I (uno)

In isaias alvarado on abril 12, 2010 por mayrazanza Etiquetado: , , , , , ,

Isaías Alvarado
isaiasdeacapulco@yahoo.com

Mi directorio telefónico es un cuaderno desgastado, color azul marino y con la pasta desprendida. Ahí están los nombres de personas que han sido arrestadas en redadas de migración, de políticos, de catedráticos, de activistas, de comerciantes, de líderes comunitarios…

Mario Aguilar conversa en el comedor de su departamento, en Long Beach

Con el paso del tiempo fue creciendo de la A a la Z (desde la Asociación de Clubes Jalisciences hasta el Zoológico de Los Ángeles). Cada nombre cuenta una historia particular. Lo que jamás imaginé es que algún día la terrible crisis económica borraría la huella de alguno de mis contactos.

Me dí cuenta poco a poco. La última vez ocurrió cuando marqué el número telefónico de Roger Andino (que está en la

Roger Andino y su esposa esperan afuera de una clínica en la fronteriza ciudad de Tijuana, México.

letra “T” de trailero), un chofer independiente del puerto de Long Beach que ha luchado sin tregua para obtener mejores condiciones laborales.

Es de complexión robusta, estatura alta y mirada noble. Lloró al confesar que no tenía dinero para comprarle un regalo a su esposa e hija. Se acercaba la Navidad del 2008. La empresa para la cual trabajaba decidió “dejarlo ir” sin razón, según él, porque estaba reuniéndose con una coalición de grupos ecologistas y sindicales.

Andino es nicaragüense y renta un departamento en la ciudad de Garden Grove.  En aquella ocasión intentaba localizarlo para platicar sobre los camioneros del puerto y uno de sus muchos problemas: la poca justicia que les ha hecho el Programa de Camiones Limpios, una iniciativa que —en teoría— les permitió trabajar como empleados y tener seguro médico, plan de retiro, etcétera.

Nadie contestó el teléfono.

En el verano de 2009, cuando preparaba un documental para el periódico donde trabajo sobre cómo la familia de Andino resolvía sus problemas económicos, los acompañé a Tijuana un fin de semana. Cruzamos la frontera porque su esposa necesitaba un análisis médico y no tenía suficiente dinero para pagar uno en el Sur de California.

Hora y media de trayecto y angustia. Un dolor abdominal no la dejaba vivir en paz. Ella pensaba lo peor: que tenía cáncer. Me dio gusto estar presente cuando el diagnóstico fue favorable. La familia Andino se fundió en un abrazo y lloraron de felicidad. Se me hizo un nudo en la garganta.

La señora Andino es atendida por un médico tijuanense.

Cuando se escuchaba el timbre de la llamada pensé en preguntarle a Roger por la salud de su esposa antes de pedirle un comentario para el artículo. Pero contestó una grabación. El número estaba desactivado. Volví a marcar y escuché la misma frase.

Entonces apliqué un Plan B. Llamar a Mario Aguilar, el otro camionero que incluí en el mismo documental. Con él pasé más tiempo. Fui su copiloto una mañana que transportaba contenedores al puerto de Long Beach.

De origen salvadoreño, vive con su única hija en un complejo de departamentos en aquella ciudad. La crisis lo convirtió en un hombre religioso. Cada jueves el pastor de una iglesia cristiana iba por él y sus vecinos en una camioneta tipo Van para llevarlos al templo.

Aguilar tenía pocos días asistiendo, pero ya sabía algunas canciones religiosas. Conmovido hasta el llanto, levantaba los brazos durante las oraciones. Era su manera de sobrellevar la crisis, de pedir un mejor futuro. La Palabra de Dios le daba aliento para seguir.

Tampoco respondió el mensaje que dejé en su teléfono. Más tarde se comunicó una mujer para decir que no conocía a Mario Aguilar.

Mil cosas han dado vueltas por mi cabeza. ¿Qué les habrá pasado? ¿Habrán regresado a sus países de origen por la recesión? ¿Seguirán manejando camiones en el puerto? ¿Estarán bien?

Me rehúso a borrar sus números telefónicos de mi vieja libreta. Esos veinte dígitos guardan dos historias que no quiero olvidar.