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La reina de la hipérbole (Parte l)

In victoria garcía on julio 7, 2010 por Victoria Etiquetado: , , , , , , , , , , ,

Escuchando radio.

En mi casa paterna los sábados se escuchaba fútbol. Desde una radio antigua, cuya caja de madera tenía el olor de las cosas viejas con las iniciales    G.E. doradas y conexión eléctrica, los comentaristas relataban con esa clásica pasión -que denuncia llevar sangre italiana o española en las venas- los movimientos desde una cancha donde 22 hombres exaltaban la presión arterial de mi familia al ir tras una pelota de cuero bastante más primitiva que una jabulani.

Yo no era ajena al griterío, a las discusiones, a las risas y a los llantos que desbordaban el patio de baldosas con aljibe en el medio. Tampoco a la pregunta: “y vos…chiquita… ¿de qué cuadro sos hincha?” Y entonces, temiendo a un domingo sin matinée o a la disminución de chocolatines Águila respondía de acuerdo a la camiseta del curioso en turno.

La respuesta era fácil: Peñarol o Nacional.

En la casa nadie leía libros. Pero las revistas del Peñarol Fútbol Club rondaban el comedor, el baño, la cocina, el corredor, el cuarto de mis viejos. Imágenes de Pablo Forlán o de Morena eran tan familiares como el retrato de mi bisabuelo, moro que escapó desde Andalucía como polizón en un barco hacia el Río de la Plata.

Por otro lado, los figurines con la camiseta blanca, de corazón azul y rojo, llegaban cada mes hasta el zaguán: “Nacional Fútbol Club es el cuadro nacional chiquita…Peñarol lo fundaron los malditos ingleses. Vos tenés que ser “bolso” como el tío Luis, no me vengás con pelotudeces de andar hinchando por los ‘manyas’”.

Los domingos a la tarde eran de fiesta. Era el día de seguir a los equipos locales, los del pueblo.

La reunión familiar alrededor del viejo armatoste de radio con lámparas se permutaba por la ida a la cancha de turno. Los colores de las camisetas cambiaban, los equipos también. Negro y blanco: Río Negro. Rojo y blanco: River Fútbol Club. Verde y blanco: Universal y así desfilábamos entre las canchas de Tito Borjas y la de Central, la del Barrio Colón y la del Barrio Industrial.

Los terrenos de juego eran pequeños y se parecían más a un potrero que a una de esas fantásticas canchas de soccer que suelo ver ahora en el primer mundo. Las canchas más adineradas estaban cercadas por muros de cemento o ladrillos y tenían una puerta central con boletería y todo. Las más pobres apenas tenían algún alambrado de púa y bancos de madera.

Yo tenía la suerte que la mayoría de los domingos me dejaban en la puerta del cine. Las matinées era mi devoción. El santuario donde expiar mi culpa por no ser fiel seguidora ni de Peñarol ni de Nacional, ni de querer llevar puesta ninguna camiseta.

Desde la una de la tarde hasta las ocho de la noche mi mamá me depositaba allí junto con una bolsa de galletitas Marías, maníes con chocolate y un par de coca colas en botella de vidrio.

Entonces yo era feliz. Muy feliz. Juro por todos los santos: a mí el fútbol no me gustaba en lo más mínimo. Me parecía una estupidez eso de andar corriendo tras una pelota gastando la energía que podía utilizarse mejor en ver películas o leer libros.

Tanto en las películas como en los libros yo podía viajar. ¿Pero en el fútbol?

Escuchar voces masculinas roncas desde una radio de madera vieja desbocando a mi familia en más de una reyerta por 22 tipos que vestían diferente camiseta peleando una pelota de cuero me parecía un poco absurdo y sin sentido.

Claro que en ese entonces no tenía voz ni voto. Así que para seguir disfrutando de mi matineé seguía cambiando de equipo en mi afición futbolera cada vez que se jugaba un clásico en la capital. La cuestión era seguir la corriente de mis mayores para lograr mi cometido: ir al cine el domingo y comer chocolate cuantas veces se me antojara.


El problema era cuando algún miembro de la familia jugaba en el equipo de turno. Ahí mis domingos se veían desviados hacia la cancha. Nada podía salvarme. Y no sé si por resignación o si por costumbre, pero convertirme en parte de la hinchada familiar que solamente se unía cuando el tío Buby o el tío Lalo eran parte de los estúpidos que corrían tras la pelota de cuero cosida a mano, me gustaba.

Me hacía sentir parte de algo grande.

Me devolvía el placer de tener un clan, un grupo, un miembro de sangre o de apellido que luchaba por un color, una camiseta o un nombre que al final nos representaba. Porque des

pués de todo el que jugaba era de la familia o vecino del barrio. Éramos alguien. Éramos reconocidos, ganáramos o perdiéramos. Los demás hablaban de nosotros. Y nosotros dábamos todo por lo nuestro, fuese desde el campo de juego o desde la tribuna.

Enfrente, en el lado contiguo de la cancha, la familia de mis amigos era parte de la otra hinchada. La hinchada del rival, del enemigo. Eran los del otro bando. Y ahí el apellido o el barrio valían más que cualquier película de María Félix o de Pedro Infante en la matineé. Nosotros éramos unos y ellos eran los otros. Nosotros éramos nuestros y ellos eran ajenos.

El ritual de esos momentos comenzaba desde el día jueves cuando mi mamá y mi hermana mayor lavaban a mano las once camisetas del equipo. Nuestro equipo se llamaba “Tornado”. Nunca supe por qué mi tío Luis que era el director técnico del cuadro eligió ese nombre.

Sólo conocí un tornado en el año 1970 cuando Fray Marcos, un pueblito en medio de la nada, fue arrasado por uno de ellos. Nunca vi uno. Nunca escuché que nuestro pueblo tuviera anuncio de uno pero sí supe que mi familia trabajó arduo y jugó muchos partidos a beneficio de los niños sin casa, sin ropa o sin comida de ese pueblito al cual nunca llegué a conocer más que en las conversaciones de los grandes y los libros de geografía.
Luego de que las camisetas (recuerdo eran de color amarillo y tenían bordada una “T” en grande en el lado izquierdo a la altura del pecho) estaban limpias, mi hermana las repartía a los jugadores, todos miembros y amigos de la familia, todos del mismo barrio. También las rodilleras y los guantes para el golero.

Este era un ritual en el cual solía ser la acompañante o guardián de mi hermana. Tenía 20 años y por su rigurosa educación en un colegio de monjas me atrevería a decir que aún era virgen pero andaba haciendo su amateur de noviazgo con un integrante de “Tornado”. El número 10. Todas querían con el número 10. Pero él le hacía la corte a mi hermana.

Y para poder acceder y enamorar el número 10, mi hermana se convirtió en la lavandera y planchadora oficial del equipo. Como nota debo agregar que la muy tonta terminó cansándose con el galán, que por cierto nunca llegó a jugar en un equipo profesional de la capital como le había prometido al enamorarla.

Tuvo tres hijos varones y se convirtió en la lavandera, planchadora, cocinera, limpiadora y esclava de otro equipo pero éste no de jugadores sino de una hinchada familiar que ya no se reunía alrededor de una radio de madera con olor a viejo sino de un televisor a color cuyo control remoto denotaba el advenimiento de la modernidad al barrio.

CONTINUARÁ…

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Apuntes de prensa I (uno)

In isaias alvarado on abril 12, 2010 por mayrazanza Etiquetado: , , , , , ,

Isaías Alvarado
isaiasdeacapulco@yahoo.com

Mi directorio telefónico es un cuaderno desgastado, color azul marino y con la pasta desprendida. Ahí están los nombres de personas que han sido arrestadas en redadas de migración, de políticos, de catedráticos, de activistas, de comerciantes, de líderes comunitarios…

Mario Aguilar conversa en el comedor de su departamento, en Long Beach

Con el paso del tiempo fue creciendo de la A a la Z (desde la Asociación de Clubes Jalisciences hasta el Zoológico de Los Ángeles). Cada nombre cuenta una historia particular. Lo que jamás imaginé es que algún día la terrible crisis económica borraría la huella de alguno de mis contactos.

Me dí cuenta poco a poco. La última vez ocurrió cuando marqué el número telefónico de Roger Andino (que está en la

Roger Andino y su esposa esperan afuera de una clínica en la fronteriza ciudad de Tijuana, México.

letra “T” de trailero), un chofer independiente del puerto de Long Beach que ha luchado sin tregua para obtener mejores condiciones laborales.

Es de complexión robusta, estatura alta y mirada noble. Lloró al confesar que no tenía dinero para comprarle un regalo a su esposa e hija. Se acercaba la Navidad del 2008. La empresa para la cual trabajaba decidió “dejarlo ir” sin razón, según él, porque estaba reuniéndose con una coalición de grupos ecologistas y sindicales.

Andino es nicaragüense y renta un departamento en la ciudad de Garden Grove.  En aquella ocasión intentaba localizarlo para platicar sobre los camioneros del puerto y uno de sus muchos problemas: la poca justicia que les ha hecho el Programa de Camiones Limpios, una iniciativa que —en teoría— les permitió trabajar como empleados y tener seguro médico, plan de retiro, etcétera.

Nadie contestó el teléfono.

En el verano de 2009, cuando preparaba un documental para el periódico donde trabajo sobre cómo la familia de Andino resolvía sus problemas económicos, los acompañé a Tijuana un fin de semana. Cruzamos la frontera porque su esposa necesitaba un análisis médico y no tenía suficiente dinero para pagar uno en el Sur de California.

Hora y media de trayecto y angustia. Un dolor abdominal no la dejaba vivir en paz. Ella pensaba lo peor: que tenía cáncer. Me dio gusto estar presente cuando el diagnóstico fue favorable. La familia Andino se fundió en un abrazo y lloraron de felicidad. Se me hizo un nudo en la garganta.

La señora Andino es atendida por un médico tijuanense.

Cuando se escuchaba el timbre de la llamada pensé en preguntarle a Roger por la salud de su esposa antes de pedirle un comentario para el artículo. Pero contestó una grabación. El número estaba desactivado. Volví a marcar y escuché la misma frase.

Entonces apliqué un Plan B. Llamar a Mario Aguilar, el otro camionero que incluí en el mismo documental. Con él pasé más tiempo. Fui su copiloto una mañana que transportaba contenedores al puerto de Long Beach.

De origen salvadoreño, vive con su única hija en un complejo de departamentos en aquella ciudad. La crisis lo convirtió en un hombre religioso. Cada jueves el pastor de una iglesia cristiana iba por él y sus vecinos en una camioneta tipo Van para llevarlos al templo.

Aguilar tenía pocos días asistiendo, pero ya sabía algunas canciones religiosas. Conmovido hasta el llanto, levantaba los brazos durante las oraciones. Era su manera de sobrellevar la crisis, de pedir un mejor futuro. La Palabra de Dios le daba aliento para seguir.

Tampoco respondió el mensaje que dejé en su teléfono. Más tarde se comunicó una mujer para decir que no conocía a Mario Aguilar.

Mil cosas han dado vueltas por mi cabeza. ¿Qué les habrá pasado? ¿Habrán regresado a sus países de origen por la recesión? ¿Seguirán manejando camiones en el puerto? ¿Estarán bien?

Me rehúso a borrar sus números telefónicos de mi vieja libreta. Esos veinte dígitos guardan dos historias que no quiero olvidar.